sábado, 22 de agosto de 2009

La desaparición de los palestinos

Philip Giraldi

En cierta ocasión, la Primera Ministra israelí Golda Meir declaró que no había palestinos; en todo caso, cuando se asomaba a la ventana veía a uno o dos árabes. No obstante, su comentario tenía un tinte menos real que político, en el sentido de que negaba que los árabes palestinos hubieran tenido alguna vez identidad nacional; así, en su opinión, los judíos europeos que iban llegando no hacían sino llenar un vacío político al regresar a donde sus ancestros fundaron un estado tiempo atrás. Era un mito útil para crear una nación. Si carecían de conciencia e identidad políticas, concepto muy marxista, los palestinos no podrían tratar de recobrar algo que, al menos según Meir, jamás habrían tenido. El punto de vista de Meir ofrecía así una interpretación de la historia reciente que resultaba adecuada para los israelíes de nuevo cuño, pero que para los palestinos que sobrevivieron supuso la nakba, una catástrofe.

A pesar de la opinión de Meir, para muchos ha llegado por fin el momento de crear un estado palestino viable, pero ello implicaría que lo que sucede en Ramala no viene dictado realmente por los políticos de Washington y Tel Aviv. Washington interviene en la relación entre Israel y Palestina tanto si debe o quiere como si no. Ahora tiene un presidente ansioso por salir del punto muerto, pero Tel Aviv no está poniendo de su parte. Israel posee el gobierno más derechista de su historia y preside un régimen de explotación colonial que bien podría calificarse de racista e imperialista en cualquier otro lugar del mundo. Hacer la vista gorda es rendirse ante la eficacia del lobby israelí a la hora de silenciar buena parte de las críticas a través de su red de amistades en los medios de comunicación y en los círculos políticos de Estados Unidos y de Europa, silencio que podría ser aún más generalizado. La asimilación de cualquier crítica a Israel con el antisemitismo en la legislación contra la xenofobia ya ha empezado a utilizarse contra quienes se meten con Israel en Canadá y en Australia. Si a esto se añade la creciente proliferación de leyes en esta línea, pronto criticar a Israel pasará a ser delito en muchos países.

Es probable que Washington nade contracorriente insistiendo en que Israel se ciña a las normas del resto del mundo en cuanto a respeto de los derechos humanos y aceptación del derecho internacional, pero esto va a ser difícil de conseguir en la práctica. Mientras las numerosas amistades que posee Israel en el Congreso estadounidense y en la prensa le sigan procurando cobertura política y la colaboración de los medios, Tel Aviv continuará actuando impunemente y de forma temeraria con sus propios árabes y estados vecinos. La excepcionalidad de Israel y sus derechos, pilares en los que se basa este proceso y que rechazan muchos israelíes liberales y judíos de la diáspora, son sin duda de origen racista.

Existe por otra parte una fantasía crucial en la vida israelí acerca de lo que es necesario para mantener la seguridad del país. Diversos gobiernos israelíes han emprendido acciones de apropiación a la par que han hecho la vida imposible a los palestinos pensando que algún día éstos optarán por tirar la toalla y marcharse. El actual Primer Ministro israelí, Benjamin (Bibi) Netanyahu, continúa perpetuando este juego y declarando que desea la paz con los palestinos mientras sigue apretándoles las tuercas. Pero Netanyahu debe saber que obras son amores y no buenas razones. Aunque piense que con sus discursos va a resultar creíble ante la opinión internacional, los hechos revelan lo contrario: una historia de opresión y, en ocasiones, de una crueldad inimaginable. A juzgar por sus acciones, pocas dudas pueden quedar acerca de lo que hacen y pretenden seguir haciendo los israelíes con los palestinos. De manera contraria a la legislación internacional y a cualquier precedente, el trato que se da a Cisjordania y a Gaza es el de territorios conquistados sometidos a las veleidades del gobierno israelí, aún cuando no existan claras amenazas para la seguridad ni razón alguna para provocar un grado de sufrimiento que probablemente no se pueda comparar con el de ningún otro lugar del mundo.

Sin embargo, los críticos con Israel no son los únicos que se están dando cuenta de esto. Incluso el senador John Kerry, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, tras realizar una visita a Gaza en febrero de 2009, quedó impresionado por el dolor y la devastación que había causado la invasión israelí.

Esta política de añadir calamidades a las ya existentes no es nueva. Hace tiempo que Israel mantiene una política con la que veladamente trata de sumir en la desesperación a los árabes que viven dentro y fuera de sus fronteras al objeto de obligarles a marcharse por razones económicas. El éxito de esta política no siempre ha sido completo, dado que la población árabe que reside dentro de Israel consigue subsistir por su elevada natalidad a pesar de su alto índice de emigración. No obstante, la población más afectada ha sido el colectivo de árabes cristianos, que se ha reducido a menos de la mitad en los últimos cuarenta años debido sobre todo al acoso del gobierno israelí. En un plazo relativamente corto la cuna del Cristianismo en Oriente Próximo se quedará sin cristianos nativos, expulsados por la política de Israel y por el fanatismo local que han desatado los EEUU en zonas como Irak. Curiosamente, Siria (incluida en el Eje del Mal) es uno de los pocos lugares de Oriente Próximo donde los cristianos pueden practicar su religión con relativa libertad.

Israel continúa cerrando el puño en torno a Jerusalén Oriental, de mayoría árabe. Se derriban viviendas árabes para crear parques que sólo podrán utilizar los judíos, y se siguen construyendo asentamientos para separar por completo a Jerusalén de Cisjordania. Los judíos israelíes pueden adquirir viviendas en cualquier parte de la ciudad, pero los árabes de Jerusalén Oriental no, y los árabes de Cisjordania ya no pueden visitar la ciudad debido a la red de carreteras militares, al enorme muro de seguridad y a las restricciones impuestas para los desplazamientos. Los amigos de Israel, entre los que se encuentran los Cristianos Unidos por Israel del reverendo John Hagee, el Comité Judío Estadounidense, la Conferencia de Presidentes de Grandes Organizaciones Judías Estadounidenses y el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC, por sus siglas en inglés), se han enfrascado en una campaña permanente con el fin de presionar a la administración de Obama para que abandone sus críticas a los asentamientos, en ocasiones con la excusa de que el problema se resolverá por sí solo mediante un amplio acuerdo de paz. Sus argumentos son deliberadamente falsos, y tienen por único objeto seguir ganando tiempo para que el gobierno de Netanyahu continúe retrasando la adopción de medidas. Los asentamientos constituyen el eje del problema, puesto que están creando las bases de algo que va a ser extremadamente difícil de solucionar. Baste ver los disturbios que provocó el desalojo de tan sólo 8.500 colonos israelíes de Gaza en 2005.

Retirar un número de colonos más de cuarenta veces superior al que hay en Cisjordania resultará muchísimo más difícil, si no imposible, e incrementar las cifras y las infraestructuras que los sustentan no hará sino garantizar que jamás se produzcan cambios de población, que es exactamente lo que Netanyahu y sus partidarios pretenden.

A todo esto se añade Gaza. El ataque israelí de enero sobre Gaza fue quizás una de las operaciones militares más absurdas de todos los tiempos. La mayoría de las víctimas fueron civiles, se arrasaron infraestructuras y quedó demostrado de una vez por todas que las fuerzas de defensa israelíes constituyen uno de los ejércitos más indisciplinados que se conocen, en parte dirigidas por rabinos racistas que instan a las tropas a matar a sus enemigos árabes sin piedad. Desde entonces, Israel ha hecho todo lo posible por impedir a los habitantes de Gaza que reconstruyan sus maltrechas vidas. Se han enviado miles de millones de dólares en ayudas para la reconstrucción de Gaza, pero Israel ha logrado bloquear la franja por tierra y por mar, impidiendo el paso de materiales de construcción e incluso de alimentos y medicinas. La experiencia de la ex congresista Cynthia McKinney, capturada en julio junto con otros defensores de los derechos humanos en un barco que transportaba suministros médicos desde Chipre y que incluso estuvo encarcelada una semana, no ha sido un hecho aislado, aunque apenas haya tenido eco en los principales medios estadounidenses. En ocasiones, la intimidación que ejercen los israelíes hacia la población inocente es asombrosa, y no parece obedecer a una lógica racional. Diversos organismos internacionales han documentado cómo el gobierno israelí prohíbe unilateralmente pescar a los barcos de Gaza y emplea helicópteros de combate para atacar a los pescadores que avistan en el mar. En el último incidente producido a mediados de julio varios barcos pesqueros sufrieron daños de consideración tras ser alcanzados por fuego de ametralladoras y misiles, aunque sin causar ningún muerto.

Lo irónico es que tal vez los israelíes pretendan acabar con los palestinos, pero no por ello dejan de ser conscientes de que la demografía sigue otro curso. En diez años habrá una mayoría árabe principalmente musulmana entre Jordania y el Mediterráneo. Israel sólo podrá sobrevivir si abandona cualquier pretensión de democracia y crea un estado totalmente policial en el que los ciudadanos judíos gobiernen a los árabes como una clase inferior, o bien si emprende una limpieza étnica de todos los cristianos y musulmanes de su territorio y convierte la religión judía en la única base para ser considerado ciudadano israelí. Tanto Estados Unidos como el resto del mundo saben perfectamente que el rumbo que ha tomado el gobierno israelí es a un tiempo suicida e insostenible, pero no está claro que vayan a hacer algo al respecto. De momento parece que Barack Obama va en serio, pero cuando el AIPAC y el lobby israelí empiecen de verdad a tirar de la cuerda, ¿será capaz de mantener el tipo? Todos sus predecesores en el cargo llegaron a la conclusión de que era inútil presionar a los israelíes, pero cabe la posibilidad de que Obama sea un hueso más duro de roer.
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Artículo original publicado el 30 de julio de 2009
Traducido por Ana Atienza - Rebelión

-Viñeta: El Roto

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