lunes, 18 de enero de 2010

Señales de los tiempos: desastres nefarios y premios nefandos

Agustín Velloso
Rebelión

Todo va bien de momento. Babilonia sigue recibiendo a los reyes de la tierra para fornicar con ella y los comerciantes de la tierra se han enriquecido por su lujo desenfrenado.

Un suceso geológico y un acto escatológico recientes, que se añaden a otras señales igualmente poderosas, no han interrumpido la libación de su vino de ardiente lujuria. Ambos están relacionados entre sí y los dos con el resto a pesar de sus distintas naturalezas, no obstante la aparente desconexión.

Los días pasan y los reyes y los comerciantes son incapaces de detener el sufrimiento de los habitantes de Haití afectados por el terremoto. ¿Acaso lo han querido alguna vez? ¿Por qué hablan de acudir ahora al rescate si durante decenios han causado un daño similar al del seísmo sólo que mediante una acción prolongada?

Ellos, que hicieron todo lo posible por poner al país de rodillas mediante las reglas de sus instituciones políticas y financieras, el fomento de escuadrones de la muerte llamados Tonton Macoutes (se estima que asesinaron a 150.000 haitianos), la protección de dictadores duraderos (la familia Duvalier, 1957-1986), el acoso al presidente elegido democráticamente (Aristide) y un embargo impuesto por el país más rico de la tierra, Estados Unidos, contra uno de los más pobres, lucen hoy sus lágrimas de cocodrilo y animan a los ciudadanos del mundo, lógicamente horrorizados y desde luego desinformados, a socorrer a los damnificados.

El gobierno de Préval (sucesor descafeinado de Aristide) ha sido ninguneado por Estados Unidos y Naciones Unidas y a cambio han potenciado pestilentes ONG del exterior. Como denuncia el experto canadiense Yves Engler: "hoy día Haití tiene la presencia de ONG per cápita más alta del mundo".

¿Qué queda pues de Haití tras decenios de intervención estadounidense y desde 2004 con la bendición de Naciones Unidas (Misión de Estabilización en Haití)? Un país ocupado, reducido a la miseria y por tanto expuesto a todos los males, los políticos y económicos ya citados –que se resumen en corrupción interior y explotación exterior, las cuales han ocasionado una enorme violencia social- y también los -así llamados- desastres naturales como huracanes y ahora un terremoto.

¿Pero es que no sabía Estados Unidos que Puerto Príncipe se ha erigido sobre una falla y que la ínfima calidad de sus construcciones no es capaz de aguantar un desastre? ¿Es que no sabía Naciones Unidas que el país, debido a su situación de pobreza aguda, no cuenta con medios para enfrentarse no ya a un terremoto sino a una epidemia?

Los seres humanos en Haití, como en cualquier otro lugar del planeta, cuando son sometidos a violencia extrema durante mucho tiempo y no tienen otra salida, recurren a la violencia como respuesta o escapan de ella mediante soluciones desesperadas. ¿Qué hacen los reyes del mundo ante esta situación? Nos la han contado los periódicos en primera página cuando conviene y en las interiores cuando no.

Mandan a los cascos azules a mantener el orden (el que deciden los reyes de la tierra, no la población de Haití) e incluso impiden mediante el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos que las pateras repletas de haitianos que huyen de la muerte y la miseria lleguen a las costas de ese país para pedir asilo. Se calcula que el programa de devolución establecido por el presidente Reagan mediante el decreto 4865 y la orden ejecutiva 12324 interceptó en el mar y devolvió a Haití a unos 50.000 haitianos.

Los que no perecen ahogados en el mar y los que sobreviven a los tiros de los uniformados enviados por Naciones Unidas, tienen que depender de las ONG internacionales para ayudarles a sobrevivir.

Hace unos días el presidente de Estados Unidos, Obama, recibió el premio Nobel de la Paz al tiempo que enviaba más tropas a Afganistán (30.000 soldados), pedía más dinero al Congreso para el Departamento de Defensa (el presupuesto militar para 2010 supera el del año anterior y asciende a más de 700.000 millones de dólares), intervenía de varias maneras en diversas acciones bélicas en otros lugares del mundo (en particular vendiendo armamento) y apoyaba a gobiernos represores de su propias poblaciones y otros agresores de las de otros países.

Hoy se refiere a Haití y se presenta circunspecto ante el mundo. Por otro lado, su cariacontecida secretaria de estado, Hillary Clinton, promete mucha ayuda. Las palabras de ambos no caen en saco roto, la comunidad internacional sabe apreciarlas y actuará en consecuencia. Cabe esperar otro premio Nobel, la secretaría general de Naciones Unidas u otro reconocimiento acorde con los méritos. Además, Estados Unidos podrá seguir sacando provecho de Haití.

Obama habla y habla sin parar al mundo. Mientras, gobernantes cómplices le secundan, los papanatas asienten y las víctimas siguen sufriendo.

Babilonia sigue incólume a pesar de las señales en Haití, la República Democrática del Congo, Iraq, Afganistán, Palestina... Por si no fuesen suficientes, el marido de Clinton, enviado especial de Obama a Haití, tiene un plan económico para éste: estimular la llegada de turistas occidentales en cruceros de lujo al norte del país y entretenerles con comida, bebida y distracciones al estilo Hollywood. Algunos entre la población les servirán en los restaurantes y se disfrazarán para los comensales de zafreros, brujos y, sobre todo, cimarrones.

Cuando los muertos estén enterrados y los turistas vean en su camino hacia el nuevo casino en Puerto Príncipe una placa en recuerdo de las víctimas del terremoto, se dirán con razón: juguemos, comamos y bebamos, la Biblia miente, no es cierto que Dios “ha castigado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra con su prostitución”.

Babilonia sigue siendo la morada de los demonios, la guarida de todo espíritu impío, el refugio de toda ave inmunda y odiosa.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Imagen: LATUFF