martes, 8 de septiembre de 2009

¿El eslabón perdido en el robo israelí de órganos?

El forense olvidado por Aftonbladet

Jonathan Cook
CounterPunch

NAZARET – La hiperventilación de los dirigentes israelíes [1] por una historia publicada en un periódico sueco el pasado mes [2] que sugirió que el ejército israelí colaboró en el robo de órganos de palestinos ha distraído la atención de las inquietantes afirmaciones hechas por familias palestinas que constituían la base para la reclamación principal del artículo.

Los temores de las familias de que autopsias no autorizadas realizadas en Israel hayan extraído partes de los cuerpos de sus parientes muertos por el ejército israelí, han sido eclipsados por acusaciones de “calumnia de crimen ritual” dirigidas contra el periodista, Donald Boström, y el periódico Aftonbladet, así como contra el gobierno y el pueblo de Suecia.

No tengo la menor idea de si la historia es verídica. Como la mayoría de los periodistas que trabajan en Israel y en Palestina, no oigo esos rumores por primera vez. Que yo sepa, ningún periodista occidental los había investigado, hasta que Boström escribió su artículo. Después de tantos años, la suposición de los periodistas era que había pocas esperanzas de encontrar pruebas, aparte de la exhumación de los cuerpos. Sin duda, la acusación inevitable de antisemitismo que atraen semejantes informaciones también actuó como un poderoso disuasorio.

Lo que es impactante en este episodio es que nunca se ofreció a las familias que formulan las reclamaciones la oportunidad de una audiencia a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, durante la primera Intifada, cuando apareceron la mayoría de los informes, y que todavía se les niegue el derecho a expresar su preocupacón.

La sensibilidad de Israel a la afirmación del robo de órganos – o “cosecha”, como muchos observadores llaman la práctica – parece triunfar sobre la genuina preocupacón de las familias por el posible abuso de sus seres queridos.

Boström ha sido muy criticado por la frágil evidencia que presentó en apoyo de su incendiaria historia. Ciertamente hay mucho que criticar en la presentación que hizo, y también su periódico, de la noticia.

Más significativamente, Boström y Aftonbladet se expusieron a la acusación de antisemitismo – por lo menos de funcionarios israelíes ansiosos de causar daño – mediante un importante desacierto.

Enmarañaron las cosas al tratar de hacer una tenue conexión entre las afirmaciones de las familias palestinas sobre el robo de órganos mediante autopsias no autorizadas, y las revelaciones enteramente separadas de este mes de que un grupo de judíos estadounidenses había sido arrestado por lavado de dinero y comercio de órganos. [3]

Al hacer esa conexión, Boström y Aftonbladet sugirieron que el problema del robo de órganos era actual, en circunstancias que han presentado sólo ejemplos de un problema semejante de comienzos de los años noventa. También implicaron, intencionalmente o no, que los abusos supuestamente cometidos por el ejército israelí podían ser extrapolados de alguna manera para aplicarlos de modo más general a los judíos.

En lugar de hacerlo, el periodista sueco debería haberse concentrado en la cuestión válida presentada por las familias de por qué el ejército israelí, por su propia admisión, se llevó los cuerpos de docenas de palestinos muertos por sus soldados, permitió que se les hicieran autopsias sin permiso de las familias y luego devolvió los cuerpos para enterrarlos en ceremonias realizadas bajo estrictas medidas de seguridad.

El artículo de Boström destacó el caso de un palestino, Bilal Ahmed Ghanan, de 19 años, de la aldea Imatin en el norte de Cisjordania, que fue muerto en 1992. Una fotografía impresionante del cuerpo suturado de Bilal acompañó el informe. [4]

Boström ha dicho a los medios israelíes que sabe de por lo menos 20 casos de familias que afirman que los cuerpos de sus seres queridos fueron devueltos con partes de sus cuerpos faltantes, [5] aunque no dijo si alguno de esos supuestos incidentes ocurrió más recientemente.

Boström dice que en 1992, el año en cuestión, el ejército israelí le admitió que se llevó para realizar autopsias a 69 de los 133 palestinos que murieron por causas no naturales. El ejército no ha negado esta parte de su informe.

Una pregunta justificable de las familias transmitida por Boström es: ¿Por qué quería realizar el ejército las autopsias? A menos que se pueda demostrar que el ejército se proponía realizar investigaciones por las muertes – y al parecer no hay sugerencias de que lo haya querido – las autopsias eran innecesarias.

De hecho, eran más que innecesarias. Eran contraproducentes si asumimos que el ejército no tiene interés en reunir pruebas que puedn ser utilizads en futuros procesamientos por crímenes de guerra contra sus soldados. Israel tiene un largo historial de obstaculización de muertes de palestinos a manos de sus soldados, y continuó esa innoble tradición después de su reciente ataque contra Gaza.

Mayor preocupación causa todavía a las familias palestinas el hecho de que aproximadamente cuando el ejército se llevó los cuerpos de sus seres queridos para realizar las autopsias, existía casi la absoluta certeza de que el único instituto que realiza esas autopsias en Israel, Abu Kabir, cerca de Tel Aviv, estaba en el centro de un comercio de órganos que después se convirtió en un escándalo dentro de Israel.

De un modo igualmente desconcertante, el forense responsable del saqueo de órganos, el profesor Yehuda Hiss, nombrado director del instituto Abu Kabir a fines de los años ochenta, nunca ha sido encarcelado a pesar de admitir el robo de órganos y sigue siendo patólogo jefe del Estado en el instituto.

Hiss estaba a cargo de las autopsias de palestinos cuando Boström escuchó las quejas de las familias en 1992. Hiss fue subsiguientemente investigado dos veces, en 2002 y 2005, por el robo de partes corporales en gran escala.

Afirmaciones sobre el comercio ilegal de órganos de Hiss fueron reveladas por primera vez en el año 2000 por periodistas investigativos del periódico Yediot Aharonot, que informó que Hiss tenía “listas de precios” para partes corporales que vendía sobre todo a universidades y escuelas de medicina israelíes. [6]

Sin inmutarse al parecer ante esas revelaciones, Hiss todavía tenía una serie de partes corporales en su posesión en Abu Kabir cuando los tribunales israelíes ordenaron un allanamiento en 2002. Israel National News informó entonces: “Durante los últimos años, parece que jefes del instituto han entregado miles de órganos para investigación sin permiso, mientras mantenían un ‘almacén’ de órganos en Abu Kabir.” [7]

Hiss no negó el saqueo de órganos, y admitió que las partes corporales pertenecían a soldados muertos en acción y habían sido entregadas a institutos médicos y hospitales con el fin de hacer progresar la investigación. Comprensiblemente, sin embargo, es poco probable que las familias palestinas queden satisfechas con la explicación de Hiss. Si Hiss no respetó los deseos de la familia de un soldado, ¿por qué no iba a hacer también caso omiso de los deseos de familias palestinas?

Se permitió que Hiss continuara como directos de Abu Kabir hasta 2005 cuando las afirmaciones sobre un comercio de órganos volvieron a aparecer. En esa ocasión, Hiss admitió que sacó partes de 125 cuerpos sin autorización. Después de una negociación con el Estado, el procurador general decidió no seguir adelante con acusaciones criminales e Hiss sólo recibió una reprimenda. [8] Continuó como patólogo jefe en Abu Kabir.

También habría que destacar, como señala Boström, que a comienzos de los años noventa Israel sufría de una aguda escasez de donantes de órganos, hasta tal punto que Ehud Olmert, ministro de salud de entonces, lanzó una campaña pública para alentar a los israelíes a donar.

Esto ofrece una posible explicación para las acciones de Hiss. Puede haber actuado para ayudar a subsanar la escasez.

Ante los hechos conocidos, tiene que haber por lo menos una fortísima sospecha de que Hiss removió órganos sin autorización de algunos palestinos a los que hizo autopsias. Tanto este tema, como el posible rol del ejército en el suministro de cadáveres, requiere investigación.

Hiss también está implicado en otro antiguo escándalo no resuelto de los primeros años de Israel, en los años cincuenta, cuando niños de inmigrantes judíos recientes de Israel provenientes de Yemen fueron adoptados por parejas askenazíes después que los padres yemenitas habían sido informados del fallecimiento de su hijo, [9] usualmente después de su admisión a un hospital.

Después de un encubrimiento inicial, los padres yemenitas siguieron presionando para obtener respuestas del Estado, y obligaron a los funcionarios a reabrir los expedientes. [8] Las familias palestinas tienen derecho a lo mismo.

Sin embargo, a diferencias de los padres yemenitas, sus probabilidades de obtener algún tipo de investigación, transparente o no, parecen prácticamente inexistentes.

Cuando los pedidos palestinos para obtener justicia no son respaldados por investigaciones de periodistas o protestas de la comunidad internacional, Israel puede ignorarlas con seguridad.
Vale la pena recordar en este contexto la repetición constante por parte del campo por la paz de Israel en el sentido de que las brutales cuatro décadas de ocupación de los palestinos han corrompido profundamente la sociedad israelí.

Cuando el ejército goza de poder sin tener que rendir cuentas, ¿cómo sabrán los palestinos, o cómo sabremos nosotros, qué cosas se permite que hagan los soldados bajo la capa de la ocupación? ¿Qué límites se han establecido para impedir abusos? ¿Y quién les lee la cartilla cuando cometen crímenes?

Del mismo modo, si políticos israelís pueden gritar “calumnia de crimen ritual” o “antisemitismo” al ser criticados, dañando las reputaciones de las personas a las que acusan, ¿qué incentivo tienen para iniciar investigaciones que puedan dañarlos a ellos o a las instituciones que supervisan? ¿Qué motivo tienen para ser honestos si pueden silenciar a golpes a un crítico, sin tener que pagar el precio?

Es el significado de la frase “el poder corrompe”, y los políticos y soldados israelíes, así como por lo menos un patólogo, tienen evidentemente demasiado poder, - especialmente sobre los palestinos bajo la ocupación.

……….

Jonathan Cook es escritor y periodista. Vive en Nazaret, Israel. Sus libros más recientes son: “Israel and the Clash of Civilisations: Iraq , Iran and the Plan to Remake the Middle East” (Pluto Press) y “Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair” (Zed Books). Su página web es: www.jkcook.net

Enlaces
[1] http://www.haaretz.com/hasen/spages/1109437.html
[2] http://www.tlaxcala.es/pp.asp?reference=8390&lg=en
[3] http://www.slate.com/id/2223559/
[4] http://www.aftonbladet.se/kultur/article5652583.ab
[5] http://www.ynetnews.com/articles/0,7340,L-3766093,00.html
[6] http://www.pubmedcentral.nih.gov/articlerender.fcgi?artid=1173179
[7] http://www.israelfaxx.com/webarchive/2002/01/2fax0104.html
[8] http://www.israelnationalnews.com/News/News.aspx/90518
[9] http://www.independent.co.uk/news/world/israel-seeks-lost-children-of-yemen-exodus-1318037.html

Traducción de Germán Leyens. Seguido de la correspondencia del autor con la editora del periódico británico The Guardian. Traducción de Atenea Acevedo. Verla aquí: The Guardian muestra de qué está hecho